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Euphoria, Trauma and the Aesthetics of the Abyss

Hay ficciones que no se limitan a contar una historia; funcionan como termómetros culturales. Euphoria siempre ha pertenecido a esa categoría. Desde su primera temporada, la serie no solo retrató adolescencias fracturadas, sino que capturó una sensibilidad generacional hecha de neones, ansiedad y deseo de fuga. El brillo nunca fue accesorio: era parte del diagnóstico. Y quizá por eso hoy, ante el rumbo que parece insinuar su tercera temporada, la conversación deja de ser únicamente estética para volverse inevitablemente moral, psicológica y social.

Cuando irrumpió en 2019, Euphoria parecía la clara sucesora de Skins, una serie que marcó profundamente a una generación de misfits. Skins daba forma narrativa al caos juvenil de los 2000, como si por fin alguien hubiera sabido ordenar una confusión colectiva. Pero había una diferencia esencial: en Skins el error estallaba, era inmediato, físico, casi catártico; la destrucción era un acontecimiento del que, de algún modo, se podía volver. En Euphoria, en cambio, el daño permanece. No estalla: se sedimenta. No libera: se prolonga como estado psicológico.

Y esa diferencia no es menor: es la diferencia entre una adolescencia que se rompe y una subjetividad que aprende a convivir con su propia fractura.

En 2022, la serie terminó de convertirse en un fenómeno cultural absoluto. Los maquillajes con brillos, los delineados imposibles, la tristeza convertida en estética Pinterest, la música de Labrinth acompañando cuerpos agotados bajo luces violetas… todo ello construyó una narrativa visual donde el sufrimiento adquiere textura cinematográfica. Había algo profundamente contemporáneo en esa idea de que incluso el dolor debía ser bello, legible, compartible.

Sin embargo, las primeras temporadas todavía conservaban cierta ambivalencia moral. Las drogas aparecían envueltas en una belleza hipnótica, sí, pero también dejaban ver su reverso: cuerpos devastados, vínculos rotos, adolescencias incapaces de metabolizar el trauma. Rue era simultáneamente la herida y la anestesia. No había glorificación ingenua, pero tampoco una salida clara. La serie oscilaba entre la fascinación y la advertencia.

Tras tanto tiempo de espera, la fantasía adolescente parece haberse desplazado hacia un dolor adulto. Algo ha cambiado en el imaginario que rodea la serie y en el ecosistema cultural que la sostiene. Si las primeras temporadas orbitaba en torno a la autodestrucción química, la tercera parece internarse en un territorio más incómodo: la sexualidad como economía, la exposición del cuerpo como forma de supervivencia y el trauma convertido en mercancía narrativa.

Y aquí la incomodidad no es sólo temática, sino psicológica.

Porque lo verdaderamente inquietante no es la representación del sexo o del deseo, sino la forma en que estos aparecen atravesados por una lógica de intercambio constante, donde la intimidad deja de ser refugio para convertirse en recurso.

Maddy se configura casi como una madame contemporánea: una mob wife emocionalmente fracturada, pero con una lucidez absoluta respecto al poder. No es una víctima ni una simple femme fatale, sino una figura que comprende el deseo como sistema estructural y aprende a administrarlo con frialdad estratégica. Su feminidad opera como capital erótico consciente, donde la belleza no es identidad sino herramienta de control.

Cassie, en cambio, representa una estructura psicológica mucho más trágica. No instrumentaliza la mirada ajena: depende de ella para sostener su propio yo. Su subjetividad no se organiza desde dentro, sino desde la confirmación externa. Necesita ser deseada para sentirse existente. En términos psíquicos, no se trata solo de deseo, sino de una fragilidad del yo que solo encuentra consistencia en la mirada del otro.

Jules habita un territorio intermedio, más contemporáneo aún: el de la identidad fragmentada en la economía digital del deseo. Su relación con la exposición, la validación y la afectividad está atravesada por una lógica donde intimidad y performance se confunden constantemente. No hay un afuera claro desde el que construir identidad: todo pasa por la mirada, la pantalla, la circulación del cuerpo como imagen.

Y Rue, quizá el caso más complejo, aparece como una figura cuya profundidad inicial corre el riesgo de diluirse en una escritura que sintetiza el trauma hasta volverlo dispositivo narrativo. Su adicción no es solo una trama: es una forma de existencia psíquica atravesada por la compulsión, la evitación del dolor y la imposibilidad de simbolizarlo. Cuando esto se simplifica, el sufrimiento deja de ser estructura psicológica para convertirse en espectáculo emocional.

Incluso personajes secundarios como Faye funcionan como recordatorio del reverso del sistema: cuerpos marcados por precariedad, supervivencia y economías sexuales ya normalizadas culturalmente, pero raramente exploradas desde su complejidad subjetiva.

La pregunta que atraviesa todo esto no es tanto si la serie “blanquea” la prostitución, sino algo más estructural: qué tipo de imaginario femenino se construye cuando la identidad de las mujeres aparece sistemáticamente mediada por el deseo masculino, la economía del cuerpo o la supervivencia emocional.

Y quizá ahí la incomodidad se vuelve más productiva: en la sospecha de que la serie, al intentar representar la complejidad del deseo contemporáneo, termina reproduciendo una reducción persistente de lo femenino a sus formas de intercambio.

Mientras internet romantiza cuánto dinero puede ganar una mujer vendiendo su cuerpo, su imagen o su intimidad fragmentada, lo verdaderamente ausente es la dimensión psíquica de ese proceso: el desgaste, la disociación, la fatiga de sostener una identidad permanentemente expuesta.

Y ahí emerge la pregunta verdaderamente incómoda: ¿estamos asistiendo a una sofisticación estética de la prostitución? ¿A su reconfiguración simbólica dentro del lenguaje del empoderamiento?

No de la prostitución clásica, marginal y explícita, sino de una versión integrada en el capitalismo contemporáneo: suavizada por el lenguaje del autocuidado, la independencia económica y la libertad individual. Una forma de economía del cuerpo donde la elección y la presión estructural conviven sin poder separarse del todo.

El problema no reside en negar la agencia de las mujeres —ese gesto paternalista resulta intelectualmente pobre— sino en preguntarnos qué tipo de cultura produce generaciones enteras que aprenden antes a capitalizar su deseabilidad que a construir una identidad no dependiente de ella.

El capitalismo contemporáneo posee una capacidad extraordinaria para convertir cualquier experiencia humana en valor económico: también el deseo, también el trauma, también la intimidad.

El problema aparece cuando la validación externa se convierte en el único espejo disponible. Cuando no hay interioridad sin exposición.

Quizá por eso Euphoria resulta tan magnética. Porque no vemos únicamente a sus personajes: vemos nuestros propios síntomas amplificados, nuestras propias tensiones psicológicas proyectadas en cuerpos ficcionalizados.

Existe además otro fenómeno profundamente contemporáneo que la serie activa —quizá sin intención explícita—: el voyeurismo traumático. La exposición repetida al dolor ajeno genera una mezcla paradójica de angustia y alivio. El sufrimiento narrativizado, estetizado y musicalizado se vuelve tolerable. Incluso reconfortante.

Consumimos trauma porque el sufrimiento ajeno ordenado en el relato es más soportable que el caos emocional no simbolizado del propio.

Y ahí aparece una de las grandes paradojas de las ficciones actuales: pretenden denunciar mientras simultáneamente estilizan aquello que muestran. El trauma deja de ser interpelación para convertirse en lenguaje visual.

Ya no estamos únicamente ante el vértigo adolescente de perderse. Estamos ante las consecuencias psíquicas de una generación formada en la exposición constante, en la optimización del yo y en la mercantilización de la intimidad.

Ozempic, fentanilo, ansiedad funcional, TikTok terapéutico, sexualidad monetizada… todo parece responder al mismo mandato silencioso: sostenerse o anestesiarse.

Y quizá por eso resulta tan simbólica la distancia creativa de Labrinth respecto al universo que ayudó a construir. Su canción “PROSTITUTE” parece hecha adrede para esta temporada, como un eco involuntario de esta época: como si la ficción hubiera terminado desbordando su propio marco para regresar como comentario sobre la realidad.

Hay algo de western crepuscular en todo esto. Como esas imágenes analógicas —casi Kodak Vision 200D— donde, después de la batalla, el desastre sigue siendo extrañamente bonito y fotográfico. El brillo permanece, pero ya no deslumbra: empieza a revelar el daño.

En 2019, Euphoria retrataba el vértigo adolescente de perderse.

En 2026, empieza a parecer el retrato de una generación que ya no espera encontrarse.

Porque tal vez la cuestión ya no sea si la serie hace apología de las drogas o de la prostitución; las ficciones rara vez operan de forma tan lineal. La cuestión más inquietante es otra: qué ocurre cuando una cultura deja de imaginar salidas y se limita a perfeccionar la estética de sus heridas.

En ese desplazamiento, casi imperceptible, Euphoria deja de ser únicamente entretenimiento para convertirse en algo mucho más incómodo: un espejo que no sabemos si refleja nuestra época o si está ayudando a escribirla.