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Loving the Person Who Destroyed Us

Existe una idea profundamente ingenua —y bastante moderna— de que el amor funciona como una decisión racional. Como si bastara comprender que alguien nos dañó para dejar inmediatamente de quererlo. Como si el psiquismo obedeció dócilmente a la evidencia. “Me hizo sufrir, luego debería desaparecer el amor”. Pero la vida afectiva rara vez funciona bajo esa lógica.

A veces seguimos queriendo a personas que nos destruyeron.

A padres.

A parejas.

A hijos.

A figuras profundamente dañinas.

Y eso no siempre significa debilidad, dependencia o falta de dignidad, aunque el discurso terapéutico simplificado de nuestro tiempo se empeñe constantemente en traducir toda complejidad emocional en eslóganes de autoestima y límites sanos.

Hay personas que siguen amando porque su estructura psíquica aprendió hace años a asociar amor y sufrimiento. Cuidado y humillación. Intimidad y abandono.

Y cuando esa asociación se instala muy temprano, deja de percibirse como anomalía para convertirse en lenguaje afectivo.

El problema es que tendemos a pensar el trauma únicamente desde el acontecimiento visible, cuando muchas veces el verdadero trauma no es lo que ocurrió, sino aquello que el sujeto terminó considerando normal para poder seguir siendo amado.

Un niño no puede permitirse concluir que sus padres no lo quieren. Sería psíquicamente devastador. Necesita preservar el vínculo incluso a costa de sí mismo. Por eso aprende algo mucho más peligroso: reinterpretar el daño como forma de amor posible.

Y esa operación psíquica no desaparece mágicamente en la adultez.

El cuerpo recuerda incluso aquello que la conciencia intenta abandonar.

Por eso tantas personas viven atormentadas por seguir sintiendo amor donde creen que deberían sentir únicamente rechazo. Se juzgan por extrañar a quien las humilló. Se avergüenzan de continuar ligadas emocionalmente a personas crueles. Confunden la persistencia del vínculo con consentimiento del daño.

Pero el inconsciente no funciona por moral.

Ni por coherencia.

Ni siquiera por inteligencia.

Uno puede comprender perfectamente la violencia de un vínculo y aun así seguir emocionalmente atrapado en él. Porque el sistema afectivo no se reorganiza al mismo ritmo que la conciencia racional. Hay una parte del sujeto que entiende mucho antes que otra. Y quizá ahí reside una de las tragedias más silenciosas de la experiencia humana: descubrir que saber no basta.

El ser humano no siempre busca aquello que le hace bien. A veces busca aquello que le resulta familiar. Incluso cuando lo familiar es destructivo.

Por eso repetimos.

Por eso volvemos.

Por eso ciertas personas confunden intensidad con amor y angustia con deseo.

Hay vínculos que sobreviven no porque sean sanos, sino porque fueron inscritos demasiado pronto en la arquitectura emocional del sujeto.

Y romper con ellos implica algo más doloroso que perder a una persona: implica desmontar toda una forma de entender el amor.

De ahí que muchos duelos no consistan realmente en aceptar una ausencia, sino en aceptar una verdad. Comprender que la persona que amábamos quizá nunca existió del modo en que necesitábamos creer. Que parte del amor estaba sostenido no sobre lo real, sino sobre la fantasía, la reparación imaginaria o la esperanza infantil de ser finalmente elegidos.

Y pocas cosas resultan tan devastadoras como eso.

Porque hay pérdidas que no duelen por lo que fueron, sino por lo que prometían simbólicamente reparar dentro de nosotros.

Quizá por eso algunos vínculos tardan tanto en morir. No porque el amor siga intacto, sino porque ciertas heridas antiguas continúan buscando desenlace en personas equivocadas.

El problema es que el psiquismo humano posee una capacidad casi religiosa para insistir allí donde ya fue destruido.

Como si una parte secreta de nosotros siguiera creyendo que, esta vez sí, el daño finalmente se convertirá en amor.